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Actores emergentes: entre el talento invisible y la lucha por ser vistos

En los últimos años, he visto surgir una generación de jóvenes actores llenos de talento, creatividad y entrega. Sin embargo, su brillo parece apagarse antes de alcanzar el escenario principal. No porque les falte pasión, sino porque el sistema cultural en el que vivimos los obliga a luchar contra algo más grande que la competencia: la desigualdad.


Ser actor emergente hoy es un acto de resistencia. En un país donde el arte no es prioridad y la cultura recibe migajas del presupuesto nacional, abrirse paso en la actuación no depende solo de la vocación. Depende de los contactos, del nivel económico y, muchas veces, de la suerte. Los espacios formativos son costosos, los castings suelen estar dirigidos a rostros ya conocidos y las oportunidades se concentran en pocas manos. Así, el talento se desperdicia y la diversidad artística se empobrece.


Si bien hay instituciones que apoyan económicamente como la DAFO, cabe resaltar que estas solo priorizan la producción de películas; usando fondos de otras productoras extranjeras, y dejando de lado a la distribución de estas. Dejando de cierta forma, en un estancamiento debido a que no pueden difundirse dichas producciones.



El futuro efecto de la ‘Ley Tudela’ en el cine peruano, tal como advierten académicos de la PUCP, las nuevas exigencias de financiamiento que impone esta ley dificultan que los proyectos de jóvenes actores y realizadores puedan despegar, porque el presupuesto requerido termina siendo una barrera de entrada.


Tras la pandemia se puso al descubierto la fragilidad del sector teatral y de las artes escénicas en el Perú: actores emergentes perdieron completamente las oportunidades laborales cuando los espacios cerraron, y aunque hay señales de recuperación, el camino hacia una inserción digna sigue siendo largo. Esta realidad expone el carácter sistémico de la desigualdad laboral en el mundo artístico.


Como bien expresó Martha Figueroa en una reciente entrevista, “hacer teatro en el Perú es una proeza”. Y lo es porque los artistas deben resistir a la precariedad, a la indiferencia del Estado y a la falta de apoyo constante. Los actores emergentes representan esa lucha silenciosa: siguen creando, aun cuando el sistema no los ve, recordándonos que el arte es también un acto de resistencia social.


Aunque hay ejemplos de películas estatales que han sido premiadas internacionalmente, como Canción sin nombre o Wiñaypacha, esta pequeña élite contrasta con la mayoría de actores emergentes que no reciben ese tipo de respaldo lo cual señala que el sistema privilegia unos pocos y deja fuera a muchos talentos en formación.”


En conclusión, el ser un actor emergente en el Perú no es solo una carrera, sino una lucha constante contra un sistema que prioriza la exclusión. Ante la falta de políticas inclusivas, la centralización y el abandono institucional han convertido al arte en un privilegio, cuando este debería de ser un derecho. Mientras el talento se desperdicia por falta de acceso, los pocos que logran cruzar esa barrera lo hacen pese al sistema, no gracias a él. Es urgente pensar que las políticas culturales con una mirada más equitativa, que una la diversidad y apueste por nuevos rostros que sostienen, con coraje, el futuro de nuestras artes escénicas. Porque, como bien se ha dicho, hacer arte en este país es resistir, pero no debería ser así.

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